Los mismos que no dejarían de saludar como “valiente” o “lúcido” el trabajo de objetivación si se aplicara a grupos ajenos o adversos, sospecharán de los determinantes de la lucidez especial reivindicada por el analista de su propio grupo.
Pierre Bourdieu

Bien le dice Vivian a Cyril que “a todos los que son incapaces siquiera de
aprender les ha dado por ponerse a enseñar”…

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No entienden que no entienden…

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La ciencia social solo puede romper con los criterios y las clasificaciones comunes, y alejarse de las luchas de las que ellos son el instrumento y el elemento en juego, a condición de tomarlos como objeto en lugar de dejarlos introducirse subrepticiamente en el discurso científico.
Pierre Bourdieu

Don’t do this and don’t do that
What are they trying to do?
Make a good boy of you
Do they know where it’s at?
Don’t criticize, they’re old and wise
Do as they tell you to
Don’t want the devil to
Come and put out your eyes
Rick Davies y Roger Hodgson

 

El señor todopoderoso se para frente al salón de clases. Canoso, pelitos parados, chaparro, todo de café, hasta la piel. Carga también con su doctorado de la Complutense, de Brown, de la Autónoma de Puebla o lo que es lo mismo, dado por su honorable progenitora, en su casa, mientras le dice lo inteligente que es. Pide opiniones sobre los textos, escucha de forma somera, llega una a la que reacciona efervescente: “¡no puedes criticar al Papa, apenas tienes diecinueve años!”.

Recuerdo con precisión pocas lecturas de mis primeros semestres. Recuerdo, mejor, mi afición a despreciar los planes de estudio, a leer cada una de las onerosas páginas que nos dejaban buscando el punto flaco, esas partes como las columnas de la fachada de la biblioteca de Éfeso que con un ligero golpecito caerán. No puedo decir que me enorgullece, sí que me intriga. Era más fácil callar y escuchar a los filisteos, pero había un extraño placer en desmenuzar las incontables irregularidades de los textos, desde las faltas de ortografía y las comas mal puestas, pasando por los retazos de Hegel, Ionesco, Orwell, que hacían creer a los imbéciles que ya habían leído a los grandes, hasta las ideas retrógradas que en la clase de doce el profesor de economía tildaba de “basura izquierdosa”. Me gustaría creer que, sin saberlo, seguía la línea de pensamiento que intitula un libro lamentablemente (o afortunadamente) publicado después: Contra todo.

En uno de esos intentos de clase de ética disfrazada con un nombre hiperpresuntuoso (la experiencia dicta que uno se debe alejar de las materias con nombres de más de dos palabras, con títulos que aspiran a explicar el universo en unos meses), donde leíamos a una larga lista de autores menores, irrelevantes, completamente prescindibles, muchos seleccionados cínicamente por su filiación religiosa, encontré una gema:

el erudito que solo quiere ‘estar al día’ en su especialidad, aunque lo logre, no pasa de ser un reportero de la cultura, parásito de los investigadores. Las noticias solo enriquecen su memoria. Por eso hay hombres millonarios en conocimientos y mendigos en sabiduría, que pasan por cultos siendo en realidad sapiencialmente subdesarrollados. (José María Sánchez de Muniaín Gil en La vida estética. Contribución al conocimiento del hombre)

Es muy entendible que solo algo así me haya despertado en una lectura que arrastraba los ojos ya de media madrugada. Es comprensible que el día siguiente, desde el primer momento de clase, haya puesto el baluarte frente a mis compañeros, que los invitara a meterse en él. Enfrente no teníamos a un sapiencialmente subdesarrollado, ¡sino a uno que no se desarrolló en lo absoluto!; un prestidigitador que, atrapado en su sueño, con sus colegas, se hacía decir lo estúpido que era sin haberlo notado. ¡Es un engaño! ¡Más valdría cortarle los párpados!, exclama Bodhidharma, pero probablemente más valdría cortárselos a todos. El silencio, el olvido, el Mal de escuela de Pennac: un niño que salva una estrella de mar ante un adulto que lo ignora, un hombre que descubre el amor y no sabe de la ruptura. Nada hay para quejarse, porque las injusticias también se merecen.

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No entienden que no entienden que no entienden…

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Las sociedades también se edifican sobre la mentira compartida.
Daniel Pennac

Me han costado mucho estas líneas. Cada ciertas palabras he sentido que debía abandonar todo intento, que sería mejor quedarse con lo que dijo Wilde: “a todos los que son incapaces siquiera de aprender les ha dado por ponerse a enseñar”… Profesores que afirman que la homosexualidad es una enfermedad, que pueden explicar la historia de América con la inflación, que han resuelto el acoso sexual en el mundo con una cachetada. “Pobres y débiles, son nuestros poetas”, dice Bolaño. “Pobres y débiles”, “vanidosos y lamentables”, son nuestros profesores, “patéticamente orgullosos y patéticamente cultos”, que sin tener noticia de su ignorancia osan dirigir la defensa de “sus castillos de la acometida de la Nada”.

Esas estatuas de un tiempo que no existió son otra institución. Se crearon para resolver un problema, pero ahora, cuando no queda claro que cumplan, nos mienten. Se han convertido en el pequeño poder. Han creado sus sistemas de investigadores, sus años sabáticos, sus revistas arbitradas ilegibles cuyos lectores son los tétricos pasillos cuando el semestre termina, y un maravilloso sistema penitenciario: enormes bloques de celdas con el nombre en cada reja, donde ya se cuenta más de uno por cámara; estrictos horarios de visita (lunes y miércoles de diez a doce), con horarios de comida en los que todos los presidiarios se sientan en rededor de largas mesas a lo mismo de siempre, con horarios de descanso en los que van a departir al patio de la penitenciaría, y lo más importante, con horarios de trabajo para ganarse la vida: se encierran en cuartos de no más de cinco metros de ancho, en una escena que recuerda a los delincuentes en la prisión del Delfín Negro: ellos caminan de un extremo a otro durante una hora o dos, mientras hablan solos y muchos guardias —aburridos, pero que fingen poner atención al hacer anotaciones— los observan. También tienen permitido celebrar los cumpleaños, siempre dentro de los límites de la celda del festejado, todos los del piso obligados a cantar las mañanitas, dar un abrazo y tomar café, antes de volver a su respectivo calabozo.

Nos han engañado, ellos se encierran voluntariamente (se rehúsan de forma vehemente a aceptar visitas en horarios que no son los suyos, a trabajar en los cuartos con guardias más tiempo del establecido) y nosotros les pagamos por cuidarlos, los obedecemos, les hacemos creer que están al mando.

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No entienden que no entienden que no entienden que no entienden que no entienden… Así seguimos a la enésima dimensión.

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Estoy convencido, hay que abandonar esto, la frase de Wilde lo encierra todo.

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Darle a un individuo o a un grupo el nombre que él se da (el Emperador, la nobleza) es reconocerlo, aceptarlo como dominante, admitir su punto de vista, aceptar adoptar sobre él el punto de vista de perfecta coincidencia que él adopta sobre sí mismo; pero también se le puede dar otro nombre, el nombre que le dan los otros y particularmente sus enemigos, y que él recusa como insulto, calumnia, difamación (el Usurpador).
Pierre Bordieu

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La Universidad es —por supuesto después del Arte— la más grande mentira construida por el Hombre. Jamás se han erigido tantos recintos, dedicado tantos recursos —materiales, humanos— a la preservación de un bien invisible: comprehender, saber, mejorar a la sociedad, contribuir al bien común, etcétera. (La Iglesia no busca preservar un bien, sino la Salvación.) La Universidad se autoproclama académica y generadora de conocimiento. Miente. Ni una ni la otra. Hay que repetir con Zaid las veces que sea necesario: la Universidad no es académica. Academia es la conversación entre iguales en el café, las discusiones entre jóvenes sobre cómo resolver El mundo, no el monólogo del señor omnipotente en su jaula de trabajo. Los miembros de la Universidad usan ese adjetivo pomposo para parecer relevantes, para suplir su falta de argumentos, de aportes a la sociedad, de conocimiento. Para justificar su pretensión de estar situados en un escalón más alto que el común. La academia no responde a horarios y centros de reunión fijos, vive en la dispersión, no vuelve al redil del credencialismo. El conocimiento no sale de ella, entra en ella:

Erasmo, Descartes y Spinoza rechazaron dar cátedra universitaria. No querían ser profesores, sino contertulios y autores. Frente al saber jerárquico, autorizado y certificado que se imparte en las universidades, prefirieron la conversación y la lectura.
[…]
Einstein fue reclutado por la Universidad de Berna cuando ya había publicado su primera teoría de la relatividad. El marxismo y el psicoanálisis no salieron de las universidades: entraron, después de acreditarse en el mundo de la lectura libre. Tampoco la obra de Picasso, Stravinsky, Chaplin y Le Corbusier salió de las universidades: entró. (Gabriel Zaid en Dinero para la cultura)

Si Durkheim, Ricardo o Mill escribieran hoy ningún Journal los publicaría. Lautreamont, Vallejo y Ginsberg serían rechazados por cualquier programa de escritura creativa. Incluso cuando el conocimiento es creado por miembros de la Universidad se da a pesar de, no gracias a ella. El novelista debe, entre intentar enseñar a redactar, corregir textos de finanzas, cuidar de sus hijos y lidiar con sus compañeros presidiarios, encontrar el tiempo para sentarse a leer y escribir algunas notas que le permitan delinear un personaje; el economista tiene que poner a un lado la investigación que tomará diez años —la que sí importa— para publicar una irrelevante en dos meses que le permita mantenerse como miembro del centro de investigación. El feminismo entra en las aulas en la segunda mitad del siglo pasado, de la mano de mujeres que en muchos casos no tenían un título. El gran aporte de Arrow a la comprehensión de las decisiones colectivas se dio a pesar de los catedráticos de la Universidad de Columbia, que afirmaban que eso no era economía, nunca gracias a ellos. Los alumnos critican a la Universidad desde una oficina asediada por detractores iletrados, en sus vacaciones, con las lecturas que no les da la Universidad o con las que la Universidad no supo leer. Se critica a la Universidad a pesar de ella.

Los matemáticos saben hace mucho que infinito más uno no es igual a infinito, a pesar de que ambos son infinitos. La mentira sobre la creación del conocimiento en el aula puede ser deleznable, pero beneficiosa en tanto atraiga a los genios que a pesar de los obstáculos se las puedan arreglar para crear, a los alumnos que entre la maraña de basura que se les obliga a memorizar puedan ver el germen de la siguiente gran obra. Pero hay mentiras mucho más perniciosas. En mil ochocientos setenta y dos Nietzsche dictó cinco conferencias sobre la educación, en las que concluía que dos corrientes opuestas pero igual de peligrosas aquejaban a las instituciones educativas. Por un lado, la tendencia a vulgarizar la cultura, a hacerla patrimonio del común, a banalizarla, a hacerle creer a todos que tienen una voz, que todos pueden ser Poetas. Por otro lado, la tendencia a la sujeción de la cultura, que para Nietzsche estaba representada por el sometimiento del Estado. Hoy, con ciertos matices, podemos leer a la Universidad de la misma manera.

La historia nos ha dejado claro que leer no necesariamente resulta en mejores individuos, mucho menos en hombres cultos. Cada año egresan miles de doctores de las mejores universidades para apostarse en las largas filas de filisteos, zafios, seres groguis que esperan el cadalso. Parece que hemos entendido que las personas con una auténtica cultura apenas existen, pero que es necesaria esa enorme masa de personas y recursos invertidos en la cultura para que esos pocos hombres perduren. Es así como apuntamos a esos genios que brotaron de aquí y allá como próceres de la guerra, y nadie sale a pedir que todos los egresados de cierta Universidad reciban el nobel. Sin embargo, la Universidad sigue gritando que quiere escucharlos a todos, que en su manto no hay mueca que no quepa. Ha prometido Amaurota, para darse cuenta que no tenía Beloit siquiera. Ha prometido y ha decepcionado. En la imagen de Krapp escuchando la reproducción de la cinta, en el suicidio de Willy Loman encuentra su culmen. Es Bokonon sentado en una banca luego del fin del mundo, deseando escribir la Historia de la idiotez humana y convertirse en hielo.

La Universidad ya no se encoge solo frente al Estado. Se hinca frente a otras formas de vida, que poco o nada tienen que ver con sus mentiras. Hoy parece que necesitamos ingenieros que solo sepan diseñar faros traseros izquierdos de Ford, expertos en contratos para representar a cantantes de cacofonías intrascendentes, personas que estudien cuatro años cómo cortar el pelo y otras que nos digan si los manteles para la cena con amigos casuales deben ser rojos o negros para dar una sensación de afabilidad. Si hoy se ofrecen grados en empaquetado, pronto tendremos doctorandos investigando sobre cómo maquillar para una boda de la forma más eficiente en laderas semi-áridas del noroeste de Turkmenistán. Pero el riesgo es pendular: también formamos sabihondos en creación de empresas (dispuestos a hablar dos horas sobre las fortalezas y debilidades de la zona en la que pusieron su negocio en la colonia Juárez a la menor provocación), relaciones multiculturales e innovación y desarrollo, quienes resolverán los problemas del mañana sin enterarse cuándo es mañana (ya no hablemos de los problemas).

Hay quienes creen que la Universidad es el epítome de la estupidez por alejarse de la realidad. La Universidad es hoy el epítome de la estupidez, pero no por haberse alejado de la supuesta realidad, siempre un producto del observador tanto como el observador de ella, una especie de juego en el que ya poco importa qué ocurrió primero —las contingencias imitan a las ideas y las ideas fingen imitar los hechos—, sino por no volverse tan ajena a la sociedad como para que le resultase irreconocible. La Universidad quiso erigirse como sociedad modelo, con sus grandes puertas para recibir al mundo, sus alumnos entusiastas del conocimiento, sus profesores hipnotizados por la transmisión del saber. Montó su altar, prendió las velas y se subió. Desde ahí cambiaría el orbe. Así engañó a todos, excepto a sí misma. La Universidad y su Dios, la Razón (los dioses siempre tienen sus propios dioses), no han podido digerir su mentira. No renunció a hacer de la ciencia —en el sentido etimológico, claro— un instrumento de poder, como apuntaría Bourdieu, y se anegó en su idea. Sus deseos, sus búsquedas, sus caprichos, se fueron por la borda como cañones de plumas de un perico cuando es tiempo de migrar. Quedan ahora las confesiones de su derrota, en esos profesores que agitan la cabeza de Nathalie para demostrarle que no está hueca, al contrario, rebosa de ideas; en el estudiante que espera a que sus compañeros se hayan ido para preguntar más sobre algo que el profesor dijo que no vendrá en el examen. Mentirse a uno mismo es una precondición para imponerse. La Universidad aún no cree en su ficción.

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Hay gente cuyo compromiso es el de no comprometerse.
Jean Guitton

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La indolencia no es el origen de todos nuestros males, pero sí de algunos importantes.
Paz Lavirio

Una descripción que no encierra ningún retorno crítico sobre la posición a partir de la cual se expresa no puede tener otro principio que los intereses asociados a la relación no analizada que el analista mantiene con su objeto.
Pierre Bordieu

Los estudiantes son los más mentirosos, por eso los únicos que pueden hacer una Universidad mejor, o tumbarla, construir algo mejor que la Universidad (también podrían decidir construir nada, no habría porqué reprocharles). Son los hipócritas que piden la conclusión de los privilegios de la burguesía vistiendo una playera Armani, los que critican a los ignorantes sin abrir el libro para la siguiente clase, los que van algunos fines de semana a la sierra a tomarse fotos con los niños pobres como animales exóticos (la pobreza solo es condición de lugares remotos), los que están tan preocupados por mejorar el mundo que dan retuit, compartir, megusta, meencanta, meentristece, medivierte, measombra, meenfada a todas las imágenes tristes que circulan, a todos los titulares llamativos que nunca abrirán, los que escriben largos comunicados en sus perfiles, piden el apoyo con una firma digital y demuestran su sabiduría en una pelea a comentarios, los que están tan dispuestos a ayudar si tan solo los problemas estuvieran cerca que permiten la ilegalidad en la puerta de su casa de estudios, que no denuncian a profesores que insultan, humillan; que prefieren callar cuando atestiguan una escena de acoso. Tiernos sujetos interpasivos desde el sillón de su hogar armados con su iPhone, son los armchair quarterbacks de nuestros días: “vanidosos y lamentables”, “patéticamente orgullosos” como sus profesores, pero solo como ellos mismos patéticamente sandios, “algo horrible, caballeros. La vacuidad y el espanto”. Son los que tienen talk is cheap tatuado en la forma en que toman el celular para ver desesperadamente el último mensaje. (La revolución, señores, se hará desde casa.) (Esperen el Nuevo Mundo con el sufragio, brotando de las urnas un domingo por la tarde). Son el resultado de volver la crítica una costumbre correcta, que hace sentir bien al joven que por la mañana asiste al zócalo a gritar que muera el mal gobierno, que se acabe la corrupción, que florezca la equidad; luego le da hambre, pide un taxi desde su teléfono y termina la tarde empuñando una cerveza artesanal en algún bar de la Condesa, Polanco, la Roma, o viendo un capítulo de su serie predilecta. Sentémonos a deleitarnos con el cambio, encabezado por los héroes que desenvainan doscientos ochenta caracteres como muestra de su compromiso, los que diagnostican lo mismo en biología que en poesía en la menor francachela, con una lágrima por la Gran Nación que están a punto de terminar. Todos ellos son Gandhi, Mandela, Teresa de Calcuta y el Che Guevara desde el balcón de la indolencia.

Se entra a la Universidad para cambiar al mundo, o no se entra. Los hay que quieren encontrar cura a las enfermedades, aportar a la mecánica cuántica, litigar en su propio despacho, hacer películas, desarrollar el robot que nos solucione la vida, sacar de la pobreza a los países poco atendidos; hay quienes quieren ser presidentes, e incluso algunos ya en últimos semestres que siguen soñando con dormir en la Residencia Oficial. Siempre están también unos cuantos dispersos que acarician la idea de escribir la siguiente gran novela o componer La sinfonía. En el camino algo pasa, que los otrora incendiarios devienen adultos –licenciados – bomberos. Aunque aquí hemos invertido el mundo de Bradbury: quisiéramos más incendios y menos gente que los apague (sobre todo que no los apaguen los jóvenes). No se sabe con exactitud a qué atribuírselo. Si a los rígidos planes de estudio, a los reclusos voluntarios prepotentes sabelotodos, a la presión de los padres, los tíos, los primos, la incesante pregunta por la vida “productiva” (¿cuándo empiezas a trabajar? ¿Pagan bien? ¿Qué estás haciendo?); si son las materias reprobadas, las vacaciones en que se extraña a los amigos, la cantidad absurda de cosas por memorizar, la llegada de la consciencia de que las amistades no son para toda la vida, las dudas sobre cambiar de profesión, los días en que uno quiere ir de fiesta pero nadie más quiere hacerlo y sobrevienen las preguntas sobre el sentido de la existencia, las clases de siete de la mañana a las que es casi imposible llegar y las de siete de la noche en las que es casi imposible no dormirse, las borracheras que terminan bien, el nerviosismo por la vida post-universitaria, las borracheras que terminan mal, las comidas como descanso del estudio un día antes del examen en las que todos piensan —pero nadie lo dice— que se deberían reunir a platicar sin prisas cuando no haya evaluaciones, el corazón roto, las tareas interminables, los fines de semana de comidas familiares, los exámenes imposibles, la nostalgia —que siempre llega tarde pero siempre llega— porque quizá los primeros semestres no eran tan malos y de pronto todo se termina y se quería gozar un poco más. A lo mejor sea una combinación de todo esto y muchas otras cosas. Nadie lo sabe pero algo pasa, porque al salir ya no apuntan a rehacer El mundo, la mayoría ni siquiera su mundo, sino a trabajar en el Banco, ganar mucho dinero, tener una pareja, hijos (opcional) y ver series los domingos (se puede sustituir series por la distracción que se prefiera: películas, documentales, fútbol, amigos, jugar cartas, dominó, leer, etcétera). Seguirán respirando pero están muertos.

Los estudiantes deben tomar las riendas de la Universidad. Pennac acertó mucho sobre el fracaso educativo, pero no cuando afirma que las escuelas están hechas de profesores. Las escuelas, la Universidad, está hecha de sus alumnos. Las primeras universidades —explica Zaid—, antes de institucionalizarse, fueron grupos de jóvenes que rentaban una casa, personas para cuidarla y profesores para que acudieran a dar clases. Los estudiantes solo están comprometidos con la ausencia de compromiso, y es poco probable que eso cambie (¿a qué otro grupo de la sociedad no se le podría acusar de lo mismo?), por eso a los universitarios no hay que pedirles que vayan tras los valores universales —ya juran a diario que los persiguen—, hay que pedirles que mientan más. Que recreen la ficción, que la agranden, que le cuelguen tanto como puedan: individuos honestos, responsables, solidarios, caritativos, congruentes, generosos, pacientes, tolerantes, respetuosos, empáticos, ordenados; comunidades pobres convertidas en potencias, enfermedades resueltas para siempre, medios para los que ya no vale lo políticamente correcto porque todo lo que se dice es correcto moralmente; en fin, una ciudad donde todos son felices y santos, la Ciudad de Dios a la que la Salvación ha llegado. Un lugar en el que lo que sobra es el Arte. Los estudiantes deben ser tan inteligentes (aunque no sepamos qué es la inteligencia, como ya nos enseñó Enzensberger) como para mentirle a todos y a ellos mismos, como para mentirse tanto que un día acaben por estafarse. Si la ficción moldea la Vida, no estará de más acercar la Universidad a esa ficción. Obligado a enunciar el error de Opción, el error de la Universidad, diría que no ha mentido lo suficiente.