Convocatoria

Número 200: El pensamiento anacrónico

“El mundo es un lugar mejor del que solía ser”, dice Angus Deaton, y es cierto: en promedio hoy la gente vive más y menos niños mueren de hambre. Los datos macroeconómicos muestran que, sin duda, estamos mejor que hace doscientos años. Más conocimiento que se traduce en mejor tecnología, y eso en mejores medios de transporte, mejores medicinas, soluciones más eficientes a problemas acuciantes, menores precios. Sin embargo, algo no cuadra. Al tiempo que empiezan a circular los coches eléctricos y contrastar decenas de fuentes está al alcance de un botón, miles de personas salen a discriminar cínicamente y a exigir que se cierren las fronteras. Mientras anuncian que muy pronto podremos imprimir órganos, y la mitad de la vida se soluciona con una aplicación, revive el discurso fascista, xenófobo, nacionalista: el “progreso” a costa de quien sea. Las dictaduras se disfrazan, usan una antorcha falaz, a momentos parecen tender la mano, pero no ceden.

Si la cultura va siempre atrás de los avances materiales (cultural lag), estamos asistiendo a un desfase mayúsculo. Y, en algunos casos, más que desfases, retrocesos: las ideologías del siglo XX que se creyeron enterradas nos estampan en la cara nuestra pobre memoria; que nadie olvide que hoy, en el instante en que se lee esto, hay personas encerradas en campos de concentración.

La ciencia no se escapa. Olvida a diario a Gödel, se deifica. Intenta crear sistemas que se demuestran a sí mismos, asume preordenamientos, no cuestiona sus axiomas. Parece que Agustín de Hipona tenía razón: cada cierto tiempo hay que dar saltos de fe para que nuestro entendimiento pueda continuar su camino. Las universidades estandarizan los programas, todos los alumnos estudian lo mismo, y los egresados distinguidos siguen usurpando. Claro está que en la lectura, en el conocimiento, no se encuentra la diferencia, ¿dónde hallarla?

El siglo decimonónico presenció, una tras otra, revoluciones que socavaron la tradición y construyeron nuevos lentes. El siglo XXI sigue esperando el texto que estremezca nuestro cerebro, el movimiento artístico que golpee nuestra indolencia. Hace una centuria que Duchamp desnudó al mundo en una pieza y volvió a su casa envuelto en carcajadas. Nadie supo qué decir, se pasmaron. Hoy una caja de zapatos vacía nos muestra que todavía no tenemos una respuesta, que no hemos pensado lo suficiente.

Sin vislumbrar un apocalipsis, Opción invita a cavilar sobre la crisis de nuestro tiempo, a teorizar: ¿Quién tiene la culpa? ¿El sistema? ¿Qué sistema? ¿Qué es el sistema? ¿Podemos hablar hoy de un sistema? ¿El sistema somos todos? ¿Todos culpables?

¿Cómo surge el problema? ¿En qué fallamos esta vez? ¿El problema está en la sociedad? ¿En una consciencia colectiva? ¿El problema está en el individuo? ¿O en ambos? ¿Cómo reconciliarlo? Si la historia no es lineal, no es helicoidal, ¿qué forma sigue? ¿Sigue alguna forma?

¿Hay que cometer parricidio? ¿Qué hay que superar? ¿Todo se ha dicho? ¿Hay que replantear la pregunta? ¿Qué preguntas hay que plantear? ¿Cómo apuntar a otra forma de pensar?

Opción invita a discutir sobre el desfase de nuestra era, el pensamiento anacrónico.

 

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